Personal
de Cruz Roja porta un féretro de una persona afectada por Ébola en la República
Democrática de Congo.
La epidemia
de ébola en República Democrática del Congo y países vecinos ha causado ya 220
muertos, justificando que la Organización Mundial de la Salud (OMS) la
declarara una emergencia de salud pública internacional. Las cifras están lejos del brote de
2014, que mató a más de 11.000 personas, pero son las peores desde 2018, cuando un brote como el
actual causó 2.000 muertes. La cepa del virus circulante (Bundibugyo) es
distinta de la habitual (Zaire), lo que complica la efectividad de la vacuna y
de las pruebas diagnósticas existentes. Y los recortes en la ayuda
internacional, en particular por Estados Unidos, se traducen en un grave
empeoramiento de los sistemas de contención del virus y atención a los
enfermos. La situación demanda una
acción internacional coordinada y urgente.
En
ausencia de la ayuda estadounidense, que había liderado las campañas contra el
ébola hasta la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, la OMS debe encabezar
los esfuerzos junto a instituciones como los CDC africanos, los centros de control
y prevención de enfermedades del continente. Los recortes de Washington
deben ser compensados por los demás países miembros de la OMS de forma
inmediata,
aunque solo sea de manera parcial y para adoptar medidas tan elementales como
enrolar personal sanitario y comprarles los equipos adecuados de protección
virológica. La Unión Europea y Unicef han enviado esta semana 100 toneladas de
ayuda, aunque repartirlas promete ser un reto ante la caótica situación
política en la zona afectada, controlada por el grupo armado M23 y otro
centenar de milicias.
Si
el mundo aprendió una lección en la pandemia de covid, es que la prioridad en
la lucha contra un virus debe ser el desarrollo de una vacuna. Ya hay dos candidatos
a vacuna que prometen ser útiles contra la cepa Bundibugyo, pero están
paralizados a la espera de los necesarios ensayos clínicos. Que las empresas
farmacéuticas financien esas pruebas depende de que los gobiernos
occidentales se comprometan a adquirir la vacuna
y a distribuirla por la región africana afectada una vez que las
agencias del medicamento la autoricen. Los países ricos, por tanto, tienen la
principal clave para evitar una epidemia de mayores proporciones.
La
cepa Bundibugyo no acaba de caer del cielo. Llevaba propagándose al menos desde
abril por la provincia de Ituri, en el noreste de la República Democrática del
Congo. Ninguna institución se dio cuenta porque los recortes habían vaciado la zona
de voluntarios como los de Médicos Sin Fronteras. El director general de la
OMS, Tedros Adhanom
Ghebreyesus,
que visitó este martes el epicentro del brote, admite que la detección ha
tardado demasiado y que ahora la epidemia “nos está superando”. El precario
trabajo de los sanitarios va por detrás de los contagios. En Ituri, una de cada
cuatro personas necesita asistencia humanitaria, sea por ébola o por otras
infecciones endémicas como el cólera. La violencia obliga a los sanitarios a
huir, y también a los habitantes de la zona.
Suele
decirse que los incendios de verano se apagan en invierno. Por el mismo
argumento, los brotes de ébola se evitan antes de que ataque el virus. Es hora
de que los países desarrollados dejen de quejarse de los recortes de Trump y se
rasquen los bolsillos para restaurar la cooperación sanitaria internacional. El
ébola no es una amenaza pandémica, pero tarde o temprano llegará un virus que sí
lo sea. Y así no lo vamos a parar.
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